Genius y Daena

Me gusta Roma, sus dibujos de pollas eyaculando y sus cultos piadosos; me da la impresión de que todos los aspectos del mundo antiguo, el que menos podemos entender hoy es el del culto: nuestro sentido de la utilidad lo hace imposible.

Estoy leyendo un libro de un filósofo italiano que se llama Giorgio Agamben, «Profanaciones». Hay un ensayo allí­ titulado Genius. Los latinos llamaban Genius al dios al que viene confiada la tutela de cada hombre en el momento de su nacimiento. En la angelologí­a iraní­ descubro algo parecido:

El nacimiento de cada hombre está presidido por un ángel llamado Daena, que tiene la forma de una niña bellí­sima. La Daena es el arquetipo celeste a cuya semejanza el individuo ha sido creado y, al mismo tiempo, el testigo mudo que nos espí­a acompaña en cada instante de nuestra vida. Sin embargo, el rostro del ángel no permanece inalterable en el tiempo, sino que, como en el retrato de Dorian Gray, se transforma imperceptiblemente a cada gesto, a cada palabra nuestra, a cada pensamiento. De este modo, en el momento de la muerte, el alma ve a su ángel, que según la conducta de su vida viene a su encuentro transfigurado en una criatura aún más bella o en un demonio horrendo, y que susurra: «Yo soy tu Daena, la que han formado tus pensamientos, palabras y actos.»

Buf.

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