La imagen y la palabra

Desde hace dos dí­as mantengo con Fran una de nuestras estúpidas discusiones… ¿Es más importante la imagen o la palabra?

Platón dijo algo así­:

El pensamiento es una palabra que el alma murmura a sí­ misma, sin que sea proferida en alta voz.

E Italo Calvino ésto, en Las ciudades invisibles:

—¿Te ha sucedido alguna vez ver una ciudad que se parezca a esta? —preguntaba Kublai a Marco Polo asomando la mano ensortijada fuera del baldaquino de seda del bucentauro imperial, para señalar los puentes que se arquean sobre los canales, los palacios principescos cuyos umbrales de mármol se sumergen en el agua, el ir venir de los botes livianos que dan vueltas en zigzag impulsados por largos remos, las gabarras que descargan cestas de hortalizas en las plazas de los mercados, los balcones, las azoteas, las cúpulas, los campaniles, los jardines de las islas que verdean en el gris de la laguna. El emperador, acompañando por su dignatario forastero, visitaba Quinsai, antigua capital de depuestas dinastí­as, última perla engastada en la corona del Gran Kan. —No, sir —respondió Marco—, nunca hubiese imaginado que pudiera existir una ciudad semejante esta. El emperador trato de escrutarlo en los ojos. El extranjero bajo la mirada. Kublai permaneció silencioso todo el dí­a. Después del crepúsculo, en las terrazas del palacio real, Marco Polo exponí­a al soberano los resultados de sus embajadas. Habitualmente el Gran Kan terminaba las noches saboreando con los ojos entrecerrados estos relatos hasta que su primer bostezo daba al séquito de pajes la señal de encender las antorchas para guiar al soberano hasta el Pabellón del Augusto Sueño. Pero esta vez Kublai no parecí­a dispuesto a ceder a la fatiga. —Dime una ciudad mas— insistí­a. —…Desde allí­ el hombre parte y cabalga tres jornadas entre gregal y levante…—proseguia diciendo Marco, y enumeraba nombres y costumbres y comercios de gran numero de tierras. Su repertorio podí­a considerarse inagotable, pero ahora le toco a él rendirse. Era el alba cuando dijo: Sir, ahora te he hablado de todas las ciudades que conozco. —Queda una de la que no hablas jamas. Marco Polo inclino la cabeza. —Venecia— dijo el Kan. Marco sonrí­o. —¿Y de que otra cosa crees que te hablaba? El emperador no pestañeó.—Sin embargo, no te he oí­do nunca pronunciar su nombre. Y Polo: —Cada vez que describo una ciudad digo algo de Venecia. —Cuando te pregunto por otras ciudades, quiero oí­rte hablar de ellas. Y de Venecia cuando te pregunto por Venecia. —Para distinguir las cualidades de las otras, debo partir de una primera ciudad que permanece implí­cita. Para mi es Venecia. —Deberí­as entonces empezar cada relato de tus viajes por la partida, describiendo Venecia cómo es, toda entera, sin omitir nada de lo que recuerdes de ella. El agua del lago estaba apenas encrespada; el reflejo de cobre del antiguo palacio de los Sung se desmenuzaba en reverberaciones centelleantes como hojas que flotan. —Las imágenes de la memoria, una vez fijadas por las palabras, se borran —dijo Polo—. Quizá a Venecia tengo miedo de perderla toda de una vez, si hablo de ella. O quizá hablando de otras ciudades la he perdido ya poco a poco.

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