Tres formas de ingeniería de la imagen

Hay fotógrafos que construyen imágenes. Otros las encuentran. Pero esa distinción, repetida hasta el cansancio, me parece demasiado pobre. Toda imagen está construida. La cuestión es cómo y, sobre todo, para qué. Quizá sea más preciso hablar de tres formas de ingeniería.

1. La ingeniería del sellado

Hay una fotografía que no deja nada al azar. Todo está decidido antes de que ocurra: la luz, el gesto, el significado. Es una imagen cerrada, autosuficiente. No necesita del mundo: lo sustituye. Aquí la fotografía no descubre, sino que afirma. No propone, sino que fija. Es una ingeniería de la superficie: pulida, impecable, sin fisuras. Una imagen que no envejece porque no pertenece al tiempo. En este territorio podríamos situar a Annie Leibovitz o, en el cine, a Ridley Scott: imágenes donde la realidad ha sido absorbida por la dirección de arte.

Queen Elizabeth II. Annie Leibovitz Buckingham Palace, 2007
Queen Elizabeth II. Annie Leibovitz Buckingham Palace, 2007

2. La ingeniería de la grieta

Hay otra imagen que también se construye, pero con un propósito distinto. Utiliza la misma precisión, la misma logística, el mismo control… pero no para cerrar, sino para abrir una falla. Algo no encaja: una mirada, una luz, una escena detenida en un instante extraño La imagen parece completa, pero no lo está. No afirma: inquieta. No fija: suspende. Es una ingeniería paradójica: usa la perfección para fabricar una inestabilidad. La imagen se convierte en una superficie donde algo se ha roto, aunque no sepamos exactamente qué. Aquí podríamos pensar en Gregory Crewdson o en el cine de David Lynch: mundos minuciosamente construidos para que algo no termine de funcionar.

Untitled. Gregory Crewdson, 2003
Untitled, Gregory Crewdson, 2003

3. La edición del resto

Y hay una tercera posición, más silenciosa. No construye mundos. No introduce grietas. Llega tarde. Cuando la cámara aparece, todo ha pasado ya: el acontecimiento, la intensidad, incluso el sentido. Lo que queda no es el derrumbe, sino el resto: una habitación que sigue en pie, una persona que no termina de encajar, un paisaje que ya no es tránsito ni destino. Aquí la tarea no es construir ni perturbar, sino elegir. No se trata de salvar nada —eso implicaría un gesto demasiado fuerte—, sino de custodiar: poner algo a salvo sin transformarlo. La imagen no redime ni explica. Simplemente mantiene en el mundo aquello que podría desaparecer sin haber sido visto. En este lugar podríamos situar a Alec Soth o, en el cine, a Wim Wenders: una práctica donde el gesto principal es la selección y la atención.

Charles, Vasa, Minnesota. Alec Soth, 2002
Charles, Vasa, Minnesota. Alec Soth, 2002

Tres relaciones con el tiempo

Estas tres ingenierías no son solo formales. Son, en el fondo, tres formas de tratar el tiempo:

  • el tiempo negado (la imagen sellada)
  • el tiempo suspendido (la imagen agrietada)
  • el tiempo sedimentado (la imagen que llega después)

Quizá toda práctica fotográfica oscile entre estas tres posiciones: entre el deseo de imponer una forma, la tentación de abrir una herida, y la disciplina —más difícil— de no hacer demasiado.